Freakonomics: La economía del deseo
Domingo, 25 de Diciembre de 2005
Enfoques, Economía y Negocios (El Mercurio)
Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner
¿Qué es un precio?
A menos que sea un economista, usted probablemente piensa que el precio es simplemente la cantidad de dinero que paga por una cosa determinada por, digamos, un desayuno dominguero en el restaurante favorito de su barrio.
Pero para un economista, el precio es un concepto mucho más amplio. Los 20 minutos que usted pasa esperando por una mesa es parte del precio. Así, también, es cualquier desventaja nutritiva de la comida: una hamburguesa con queso, tal como lo ha calculado el economista Kevin Murphy, cuesta 2,50 dólares más que una ensalada en relación a las consecuencias para la salud en el largo plazo.
También hay costos sociales y morales que tomar en cuenta. Por ejemplo, la mirada de desdén que le dirige su compañero de cena vegetariano cuando usted pide una hamburguesa. Aunque el menú del restaurante puede incluir el precio de la hamburguesa con queso a US$ 7,95, esto es sólo el comienzo.
La regla básica de la economía es que un aumento en el precio conduce a menor cantidad en la demanda. Esto es verdad para la comida de un restaurante, para un acuerdo en bienes raíces, para la educación universitaria o para casi cualquier otra cosa que a usted se le pueda ocurrir. Cuando el precio de un artículo aumenta, usted compra menos de eso (lo que no quiere decir que lo desee menos).
Pero, ¿qué pasa con el sexo? El sexo, el más irracional de los objetivos humanos, posiblemente no responderá a la teoría del precio racional. Aparte de unas pocas situaciones obvias, no pensamos en el sexo en términos de precio. La prostitución es una de esas situaciones; el cortejo es otra: algunos hombres parecen considerar que una cena cara es una inversión prudente con el objetivo de un dividendo sexual.
Pero, ¿de qué manera el precio afecta la conducta sexual? Y, ¿podrían estos cambios brindarnos datos sobre la propia naturaleza del sexo?
Aquí hay un ejemplo descarnado: un hombre enviado a la cárcel encuentra que el precio del sexo con una mujer se ha encarecido en referencia a la falta de suministros y probablemente comenzará a tener sexo con otros hombres.
El informe sobre la predominancia del sexo oral entre los adolescentes estadounidenses parecerá también ilustrar la teoría del precio: a raíz de la posibilidad de una enfermedad o de un embarazo, el coito es caro y ha comenzado a ser visto por algunos adolescentes como una indeseable y costosa promesa de compromiso. Como alternativa, el sexo oral puede ser considerado algo más barato.
En décadas recientes hemos presenciado el más exorbitante costo asociado con el sexo: el virus VIH. Como el sida es potencialmente mortal y puede ser propagado con relativa facilidad por medio del sexo entre dos hombres, la aparición del sida a comienzos de 1980 originó un aumento significativo en el precio del sexo gay.
Andrew Francis, graduado en economía en la Universidad de Chicago, ha tratado de fijar una cifra en dólares para este cambio. Poniendo el valor de una vida estadounidense en US$ 2 millones, Francis calculó que en términos de la mortalidad ligada al sida, para un hombre que tenía por una vez sexo sin protección con un gay norteamericano conocido al azar el costo era de 1.923,75 dólares versus menos de un dólar que costaba con una mujer elegida al azar.
Aunque el uso de preservativos reduce el riesgo de contraer sida, un preservativo es otro costo asociado con el sexo. En un estudio sobre la prostitución mexicana, el economista de Berkeley junto con otros dos autores mostraron que cuando un cliente pedía sexo sin preservativos, la prostituta cobraba una prima del 24% por encima de la tarifa estándar.
Francis, en una versión de su artículo titulado "The Economics of Sexuality", trata de ir mucho más allá de las cifras en dólares. Propone un razonamiento empírico que puede cambiar fundamentalmente lo que la gente piensa en relación con el sexo. Como con otras conductas que los científicos sociales tratan de medir, el sexo es un tema que tiene sus bemoles.
Pero Francis descubrió un conjunto de datos muy intrigantes. Una encuesta, la "National Health and Social Life Survey", patrocinada por el gobierno de Estados Unidos y un puñado de organizaciones, preguntó a cerca de 3.500 personas una asombrosa variedad de cuestiones sobre el sexo: los diferentes actos sexuales recibidos y realizados y con quién y cuándo; consultas sobre las preferencias sexuales y la identidad; si conocían o no a alguien con sida.
La encuesta se realizó en 1992, cuando la enfermedad era mucho menos tratable de lo que es hoy. Francis trató de ver si había alguna correlación entre tener un amigo con sida y expresar preferencias por el sexo gay. Tal como lo esperaba, la había: "Después de todo, la gente elige a sus amigos y los homosexuales posiblemente tengan como amigos a otros homosexuales".
Pero usted no elige a su familia. Así que luego de esto Francis buscó una correlación entre tener un pariente con sida y expresar una preferencia homosexual. Esta vez, para los hombres, la correlación fue negativa. Esto parecía no tener sentido. Muchos científicos creen que la orientación sexual de una persona es una función del destino genético. Por lo tanto, las personas de una misma familia probablemente deberían compartir la misma orientación. "Luego, me di cuenta que estaban asustados con el sida", dice Francis.
Concentró su atención en este subconjunto de cerca de 150 encuestados que tenían un pariente con sida. Como la encuesta recopilaba las historias sexuales de los encuestados y sus respuestas actuales respecto del sexo, le permitió a Francis medir bien crudamente la manera en que sus vidas cambiaron como resultado de haber visto de cerca los costosos horrores del sida.
Aquí está lo que encontró: ni un solo hombre de la encuesta que tenía un pariente con sida dijo que había tenido sexo con un hombre en los cinco años previos; ni un solo hombre en ese grupo declaró que se sentía atraído por hombres o que se consideraba a sí mismo un homosexual. Las mujeres en ese grupo también rechazaban el sexo con hombres. Para ellas, las tasas de sexo reciente con mujeres, declaraciones de identidad y atracción homosexual eran dos veces superiores a quienes no tenían familiares con sida.
Como el tamaño de la muestra fue pequeño, el simple azar sugiere que no más de un puñado de hombres en una muestra de ese tamaño estaría atraído por hombres y es muy difícil alcanzar una conclusión definitiva. (Ni un hombre cambia su conducta o identidad sexual cuando un pariente contrae sida).
Pero tomados como un todo, los números del estudio de Francis sugieren que puede haber aquí un efecto causal: tener un pariente con sida puede cambiar no solamente la conducta sexual, sino también la identidad y su deseo.
En otras palabras, la preferencia sexual, aunque tal vez está ampliamente determinada, puede también estar sujeta a fuerzas más típicamente asociadas con la economía que con la biología. Si esto resulta ser cierto, cambiará la manera de pensar de científicos, políticos, teólogos acerca de la sexualidad. Pero probablemente no cambiará mucho el modo en que piensan los economistas. Para ellos, siempre ha sido claro: aunque nos guste o no, todo tiene su precio.

